sábado, 6 de agosto de 2011

Some memories never fade.





-Deja de hacer esto.
Se giró hacia mi, confundido.
-¿Dejar de hacer el qué?
-Volverme loco.
Me di la vuelta y empecé a andar a más velocidad de la que pretendía cubriendome todo lo que podía con mi abrigo para que los tímidos copos de nieve que caían no me tocaran la piel, estaba helado.
-¿A donde vas?
-A mi casa, lejos de ti.

Supe que eso le hería sin necesidad de darme la vuelta para verlo, pero eso era lo que necesitaba. Hacerle daño, tanto daño como él me había hecho a mi.
Una parte de mi deseaba que viniera detrás de mi, que me abrazase y se perdiese conmigo en mitad de la ciudad, pero mi parte mas racional y rencorosa me pinchaba para que le dejase alli tan roto como yo me sentía.
Su último beso era como veneno pegado a mis labios y no podía arrancármelo.
Llegué a casa y solo me recibió el silencio y la luz mortecina que entraba por las ventanas. Sin encender las luces me dejé caer en el sofá como un peso muerto. Me quedé mirando al techo sin pensar en nada en particular, alejando todos los recuerdos desastrosos de mi cabeza.
Después me levanté y arrastre los pies como un zombi hasta la minicadena de mi hermana. El cd que estaba dentro era mio y todas las canciones parecían llevar su nombre.
Volví a dejarme caer en el sofá, rodeado de oscuridad, pero me deslicé hasta el suelo, me abracé las rodillas y enterré la cara entre ellas.
La música me provocaba un dolor sordo debajo de la piel como si ardiera, aunque seguía medio empapado y temblando de frío. Fuera, la tormenta gemía con furia.
Me sentía gilipoyas, acurrucado en el suelo del salón, cantando en voz baja y muriendome de dolor por alguién que nunca había sido mio, ni lo sería jamás.
Sonó mi movil. Colgué y lo apagué. Subí a mi habitación y también sin encender la luz me quité la ropa mojada y me tiré en la cama.
Me quedé dormido en un pestañeo y me despertaron unos ensordecedores golpes en la puerta.
Salté de la cama y bajé las escaleras corriendo y tropezando, abri la puerta antes de darme cuenta de que estaba en calzoncillos.
-Perdómane.
Alli estaba Diego, mirándome con sus profundos ojos azules, el pelo goteándole sobre las mejillas, la boca ensangrentada, y los puños, la ropa. Temblaba como si estuviera a punto de derrumbarse.
-¿Que ha pasado? ¿De donde vienes?
-¿Puedo entrar?

Quise negarme pero estaba destrozado, incluso tenía sangre en la camiseta y debía de estar muerto de frío. Me resistí a abrazarle para que dejase de temblar.
-Si, pasa.
Cerré la puerta y me apoyé en ella un segundo intentando calmarme, Diego se sentó en el sofá disimulando una mueca de dolor.
Arrastré los pies hasta el baño y cuando entré de nuevo en el salón me quedé inmovil. La luz plateada de la ventana caía sobre él, que escondía el rostro en las manos mientras la ropa empapada se pegaba a su cuerpo. Todas mis mentiras y defensas contra él vencieron.
-¿Que ha pasado?
-Me he caído por las escaleras.
-Vale, definitivamente, me tomas por imbecil.

Rió entre dientes y fue la risa mas triste que jamás había escuchado.
Yo sí sabía lo que había pasado o al menos, lo sospechaba...
-Ha sido tu padre.
No fue una pregunta y él no lo negó, solo guardó silencio con la cara aún entre las manos.
En el mas absoluto silencio le limpié las heridas de las manos y el labio.
-Tienes que quitarte la camiseta.
-No.
-Estás sangrando, tengo que ver que tienes ahí.
-No quieres verlo.
-¿Qué?

Suspiró y soltando algun que otro taco por el dolor, se quitó la camiseta, me asusté.
Estaba lleno de arañazos, moratones y cardenales aun sin formar del todo.
-Será hijo de puta...- mascullé mientras le daba la vuelta para ver como estaba su espalda.
Me quedé helado.
Tenía la espalda libre de heridas pero había algo en ella que estuvo a punto de marearme.
Un pájaro de color negro parecía volar sobre su piel, un cuervo y sobre su ala derecha, en una letra pequeña e intrincada se leía, Julián.
-¿Te gusta?- murmuró en voz baja.
-¿Porqué?
-Ya lo sabes.
-La verdad es que no, no lo sé.
-Me voy.
-¿Qué?
-Me voy, con mi madre, lejos de aqui y de mi padre.

Se paró el mundo y empezó a desgarrarse en mis oídos, o quizás era yo por dentro, estaba confuso, me sentí perdido.
-Pero no, pero tu... No, no puedes irte.
-Mañana.

-¿Y porqué te has tatuado mi nombre? ¿Porqué ahora?
-Porque no quiero olvidarte, no voy a olvidarte. No importa a donde vaya.
No podía seguir escuchándole, su voz me dolía, su mano rozándome el cuello me quemaba y quería romperme, escaparme de lo que sabía que iba a sentir.
-No... no... ¡NO!- grité y él dejó de tocarme, sorprendido porque por una vez era yo el que perdía el control. Me alejé de él y me apoyé de espaldas a la pared, deslizándome hasta el suelo, la mente se me quedaba en blanco.
Cerré los ojos e intenté respirar.
-Volveré.
-No me prometas eso, no me prometas que volverás.

-Julián...
-Prométeme que te quedarás esta noche. Que cuando despierte estarás a mi lado, solo por una vez, me da igual morir después.

Se acercó a mi y me besó, manteniéndome muy cerca de él con sus manos heladas.
-Te lo prometo.- susurró entre mis labios.
Nos quedamos en el suelo, besándonos como si cada beso fuese el último.
-Desángrame.- me mordió el labio, seguía temblando.
Tumbado en el suelo me congelaba la espalda, el me cubría con su cuerpo y las gotitas de lluvia que aún se colaban entre su pelo caían sobre mi, me clavaba las uñas en las manos y aún tenía sangre.
-Tengo que curarte...
-No, sigue, mátame.
- su voz profunda sonaba como un lamento.

-Si vuelves a besarme estaré perdido.
-Piérdete conmigo.

Nuestras bocas chocaron con violencia, le recorrí la espalda con los dedos. Cada centímetro de su piel sobre la mía quemaba y me desgarraba, no podía pensar, no podía respirar.
Un millar de recuerdos empezó a agolparse en mi cabeza. Besos, caricias, peleas, sonrisas, promesas, dolor, amor, dolor.
Me ahogué en sus labios y la noche se apoderó de todo, pasó la tormenta y solo nuestras respiraciones rompían el silencio.
-Te quie...- me tapó la boca con un dedo y estuvo a punto de sonreir.
-Ya lo sé. Y sabes que yo... más que eso.
-No me olvides.

Cuando el sol abrasó lo que quedaba de mi vida, en aquella brillante mañana, me sonrió entre dientes, de medio lado como siempre hacía
y me dejó en el suelo del salón, cubierto con su chaqueta. No dijo adiós, pero me besó, no me prometió volver pero sus ojos me decían que no sería la última vez, no me dijo te quiero, pero susurró mi nombre.
Y antes de que la puerta se cerrara tras él, cerré los ojos y le imaginé ahí conmigo sobre el suelo helado para siempre, donde viviríamos eternamente.
-Te quiero.- le dije al vacio que quedaba tras él.
Y me acurruqué en su chaqueta, esperando que volviera a buscarme.


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