domingo, 11 de septiembre de 2011

Bittersweet.

 




La música tiñó el aire con un color apagado y melancólico, arrancándo suaves acordes del silencio que agonizaba antes de ser engullido por toda aquella belleza.
Estaba enterrado en mis propios pensamientos, abrazándo una pesadilla en algún lugar entre el sueño y la vigilia. Me dolía la piel como si algo se retorciera debajo de ella y me consumiera, era una cerilla ardiendo entre las sábanas.
Los lobos acompañaban a los violines convirtiendo el dolor en una hermosura que solo yo podía esucuchar.
Una brisa helada, un tenue olor a bosque y a lluvia me acarició y calmó por un segundo mi respiración.
Escuché el murmullo de algo que se movía cerca de mi, me incorporé y abri los ojos.
Unos ojos más verdes que la profundidad de mil bosques me miraban fijamente desde el suelo, donde se encontraba ella, con su vestido negro, su piel blanca brillando con la luz de la ventana y su expresion calmada, tan enigmática y fragil como yo la recordaba.
Dejó caer su largo abrigo nuevo en el suelo, dejando la blancura de sus brazos suaves al descubierto. Yo estaba helado, enredado en las sábanas, intentando creerme que aquello definitivamente era real.
Antes de darme tiempo a hablar, posó el dedo íncide sobre sus labios indicándome que guardase silencio.
El fantasma de mi pasado, mi presente y mi futuro empezó a bailar lentamente deslizándose entre el sonido de los violines y una voz desgarrada que hablaba de amor.
Mientras bailaba con los ojos perdidos en algún lugar muy, muy lejos de mi brillaba en sus mejillas el recorrido de varias lágrimas, silenciosas que me golpearon con toda su fuerza.
Era real, en mis sueños nunca lloraba. En mis sueños era feliz.
Nos rodeaba una oscuridad tan espesa que casi podía sentirla en la piel, pero la luna creaba un foco alrededor de su cuerpo, que jugaba con cada giro, con cada movimiento con mis restos de cordura.
Los minutos volaron y se escaparon de entre mis dedos, pero ni por un segundo dejé de mirarla, estaba hechizado.
Ella bailaba, algo que nadie había visto nunca, me había dejado entrar en su alma, en su parte más melancólica, más triste y más dulce.
Me hice pedazos, la necesitaba, no podía respirar, me dolía mirarla y no sentirla, me derrumbé y cerré los ojos con fuerza, no podía ser real y si lo era, no podía durar mucho tiempo.
-No eres real.- murmuré - no eres real.
No contestó, la música se detuvo.
Se acercó a mi, me rodeó con sus brazos y el mundo estalló cuando me besó.
-Estoy aqui.- susrró- estoy aqui, no me iré.
-No lo hagas, no me destroces otra vez.
-Yo...Te quiero.
-No sé si estoy vivo, nosé si esto es el cielo o el infierno.
Volví a besarla.
-Pero no me importa.
-Estás vivo y yo también lo estoy.
-Eso es imposible.
Se apartó ligeramente y me miró a los ojos, sonreía.
-No existe lo imposible.


martes, 23 de agosto de 2011

Adios; y buen viaje.

Hoy he vuelto a tener pesadillas, y he tenido miedo de volver a dormirme y no poder escapar. Nunca había gritado tanto, ni siquiera en sueños y nunca había sido consciente de estar soñando y no poder despertar. Creo que esta noche, volveré a tener miedo.
-
Te vas pero no me miras a los ojos, no dices nada, no gritas, no lloras. Tienes miedo, pero no es por mi, nunca es por mi. Me voy a prohibir echarte de menos, me voy a prohibir llamarte y que tu nunca me escuches. Aunque no podré evitarlo.
Porque te echo de menos y eso, es mas fuerte que el odio que a veces juraría que siento hacia ti. Pero es mentira, me odio a mi misma por no poder odiarte. Por tener tus ojos.
Y creo que me estoy haciendo daño, pensando en ti. Quizás esta sea la última vez que lo haga de esta manera.
¿Sabes? Me gustaría al menos recordar, la ultima vez que me miraste a los ojos, y me viste.

Adios; y buen viaje.
 

sábado, 6 de agosto de 2011

Some memories never fade.





-Deja de hacer esto.
Se giró hacia mi, confundido.
-¿Dejar de hacer el qué?
-Volverme loco.
Me di la vuelta y empecé a andar a más velocidad de la que pretendía cubriendome todo lo que podía con mi abrigo para que los tímidos copos de nieve que caían no me tocaran la piel, estaba helado.
-¿A donde vas?
-A mi casa, lejos de ti.

Supe que eso le hería sin necesidad de darme la vuelta para verlo, pero eso era lo que necesitaba. Hacerle daño, tanto daño como él me había hecho a mi.
Una parte de mi deseaba que viniera detrás de mi, que me abrazase y se perdiese conmigo en mitad de la ciudad, pero mi parte mas racional y rencorosa me pinchaba para que le dejase alli tan roto como yo me sentía.
Su último beso era como veneno pegado a mis labios y no podía arrancármelo.
Llegué a casa y solo me recibió el silencio y la luz mortecina que entraba por las ventanas. Sin encender las luces me dejé caer en el sofá como un peso muerto. Me quedé mirando al techo sin pensar en nada en particular, alejando todos los recuerdos desastrosos de mi cabeza.
Después me levanté y arrastre los pies como un zombi hasta la minicadena de mi hermana. El cd que estaba dentro era mio y todas las canciones parecían llevar su nombre.
Volví a dejarme caer en el sofá, rodeado de oscuridad, pero me deslicé hasta el suelo, me abracé las rodillas y enterré la cara entre ellas.
La música me provocaba un dolor sordo debajo de la piel como si ardiera, aunque seguía medio empapado y temblando de frío. Fuera, la tormenta gemía con furia.
Me sentía gilipoyas, acurrucado en el suelo del salón, cantando en voz baja y muriendome de dolor por alguién que nunca había sido mio, ni lo sería jamás.
Sonó mi movil. Colgué y lo apagué. Subí a mi habitación y también sin encender la luz me quité la ropa mojada y me tiré en la cama.
Me quedé dormido en un pestañeo y me despertaron unos ensordecedores golpes en la puerta.
Salté de la cama y bajé las escaleras corriendo y tropezando, abri la puerta antes de darme cuenta de que estaba en calzoncillos.
-Perdómane.
Alli estaba Diego, mirándome con sus profundos ojos azules, el pelo goteándole sobre las mejillas, la boca ensangrentada, y los puños, la ropa. Temblaba como si estuviera a punto de derrumbarse.
-¿Que ha pasado? ¿De donde vienes?
-¿Puedo entrar?

Quise negarme pero estaba destrozado, incluso tenía sangre en la camiseta y debía de estar muerto de frío. Me resistí a abrazarle para que dejase de temblar.
-Si, pasa.
Cerré la puerta y me apoyé en ella un segundo intentando calmarme, Diego se sentó en el sofá disimulando una mueca de dolor.
Arrastré los pies hasta el baño y cuando entré de nuevo en el salón me quedé inmovil. La luz plateada de la ventana caía sobre él, que escondía el rostro en las manos mientras la ropa empapada se pegaba a su cuerpo. Todas mis mentiras y defensas contra él vencieron.
-¿Que ha pasado?
-Me he caído por las escaleras.
-Vale, definitivamente, me tomas por imbecil.

Rió entre dientes y fue la risa mas triste que jamás había escuchado.
Yo sí sabía lo que había pasado o al menos, lo sospechaba...
-Ha sido tu padre.
No fue una pregunta y él no lo negó, solo guardó silencio con la cara aún entre las manos.
En el mas absoluto silencio le limpié las heridas de las manos y el labio.
-Tienes que quitarte la camiseta.
-No.
-Estás sangrando, tengo que ver que tienes ahí.
-No quieres verlo.
-¿Qué?

Suspiró y soltando algun que otro taco por el dolor, se quitó la camiseta, me asusté.
Estaba lleno de arañazos, moratones y cardenales aun sin formar del todo.
-Será hijo de puta...- mascullé mientras le daba la vuelta para ver como estaba su espalda.
Me quedé helado.
Tenía la espalda libre de heridas pero había algo en ella que estuvo a punto de marearme.
Un pájaro de color negro parecía volar sobre su piel, un cuervo y sobre su ala derecha, en una letra pequeña e intrincada se leía, Julián.
-¿Te gusta?- murmuró en voz baja.
-¿Porqué?
-Ya lo sabes.
-La verdad es que no, no lo sé.
-Me voy.
-¿Qué?
-Me voy, con mi madre, lejos de aqui y de mi padre.

Se paró el mundo y empezó a desgarrarse en mis oídos, o quizás era yo por dentro, estaba confuso, me sentí perdido.
-Pero no, pero tu... No, no puedes irte.
-Mañana.

-¿Y porqué te has tatuado mi nombre? ¿Porqué ahora?
-Porque no quiero olvidarte, no voy a olvidarte. No importa a donde vaya.
No podía seguir escuchándole, su voz me dolía, su mano rozándome el cuello me quemaba y quería romperme, escaparme de lo que sabía que iba a sentir.
-No... no... ¡NO!- grité y él dejó de tocarme, sorprendido porque por una vez era yo el que perdía el control. Me alejé de él y me apoyé de espaldas a la pared, deslizándome hasta el suelo, la mente se me quedaba en blanco.
Cerré los ojos e intenté respirar.
-Volveré.
-No me prometas eso, no me prometas que volverás.

-Julián...
-Prométeme que te quedarás esta noche. Que cuando despierte estarás a mi lado, solo por una vez, me da igual morir después.

Se acercó a mi y me besó, manteniéndome muy cerca de él con sus manos heladas.
-Te lo prometo.- susurró entre mis labios.
Nos quedamos en el suelo, besándonos como si cada beso fuese el último.
-Desángrame.- me mordió el labio, seguía temblando.
Tumbado en el suelo me congelaba la espalda, el me cubría con su cuerpo y las gotitas de lluvia que aún se colaban entre su pelo caían sobre mi, me clavaba las uñas en las manos y aún tenía sangre.
-Tengo que curarte...
-No, sigue, mátame.
- su voz profunda sonaba como un lamento.

-Si vuelves a besarme estaré perdido.
-Piérdete conmigo.

Nuestras bocas chocaron con violencia, le recorrí la espalda con los dedos. Cada centímetro de su piel sobre la mía quemaba y me desgarraba, no podía pensar, no podía respirar.
Un millar de recuerdos empezó a agolparse en mi cabeza. Besos, caricias, peleas, sonrisas, promesas, dolor, amor, dolor.
Me ahogué en sus labios y la noche se apoderó de todo, pasó la tormenta y solo nuestras respiraciones rompían el silencio.
-Te quie...- me tapó la boca con un dedo y estuvo a punto de sonreir.
-Ya lo sé. Y sabes que yo... más que eso.
-No me olvides.

Cuando el sol abrasó lo que quedaba de mi vida, en aquella brillante mañana, me sonrió entre dientes, de medio lado como siempre hacía
y me dejó en el suelo del salón, cubierto con su chaqueta. No dijo adiós, pero me besó, no me prometió volver pero sus ojos me decían que no sería la última vez, no me dijo te quiero, pero susurró mi nombre.
Y antes de que la puerta se cerrara tras él, cerré los ojos y le imaginé ahí conmigo sobre el suelo helado para siempre, donde viviríamos eternamente.
-Te quiero.- le dije al vacio que quedaba tras él.
Y me acurruqué en su chaqueta, esperando que volviera a buscarme.


martes, 2 de agosto de 2011

Quiero perderme bajo la lluvia

Olvidó soñar, olvidó el olor de la libertad.
Se ató las manos con cadenas incandescentes,
y dejó caer la pluma al suelo, entre palabras sin vida
sintiéndose tan perdida como estaba su alma.

Dejó de temer a la oscuridad, pues descubrió
que los monstruos no necesitan ocultarse en ella.
Dejó de aparentar ante las miradas que la atravesaban
sin ver quien era realmente, sin ver que apretaba los dientes.

No gritaba cuando se sentía morir por dentro,
ni cerraba los ojos al ahogarse en la oscuridad
se aferraba al latido de su propio corazón
y su música.

No necesitaba nada más, había aprendido
a morir cada día para aprender a vivir.
A no necesitar más palabras vacías
en un mundo de monstruos.

Sin libertad, sin sueños, sin silencio.


Quiero perderme bajo la lluvia .




jueves, 28 de julio de 2011

Quizás sea el silencio, quizás seas tú

Estaba encandilada con la silenciosa belleza de las tardes de invierno, que lo helaban todo pero no mi emoción, oculta tras capas de indiferencia. Me había enamorado del silencio, la máxima expresión de pureza, de sinceridad, de belleza y de soledad. Me había perdido entre sueños locos y paranoias fantásticas que volaban por el cielo crepuscular. Y lo miraba todo desde mi fría y oscura ventana. Sentía melancolía bajo la piel y sus labios deslizandose sobre mi cuello, otra ilusión cruel. Me regodeé en la tristeza latente dentro de mi, desizándose entre mis dedos, riendo con dulzura acompañada del sonido de un violín tocado solo para mi, en lo más recóndito de mi cabeza.
Abracé mi propio cuerpo cerrando los ojos, el frío me mordía la piel, pero no llegaba más allá. Ardía por dentro, de impaciencia, de dolor, de pura y simple fascinación. Y solo mirando el cielo olvidé mi nombre, olvidé mi piel y cada rincón de mi y me perdí.
Quizás la razón de mi locura  fuera tu piel, quizás el unico silencio que buscaba fuera el segundo entre cada Te quiero y cada beso.

Había vivido para amar la belleza que jamás me pertenecería
y la belleza libre que no puede corromperse, y te había encontrado.
Pero en la silenciosa belleza de las tardes de invierno necesitaba tu aliento.
Bajo mi melancolía sangraban las huellas de tu calor en mi piel.
Y tu voz era el violín que calmaba mi desesperación.
Estaba enamorada de los aspectos más insignificantes de la vida,y de mis sueños, locos, pero míos.
 Y de ti.

miércoles, 27 de julio de 2011

Your soul will be mine.


-Joven amo, la cena está lista.
-Gracias, Sebastian. Bajaré enseguida.
Ciel se frotó con la mano el ojo que quedaba libre del parche, sintiendose enormemente cansado y desorientado en la repentina oscuridad que se había formado en el cuarto. Quizás se había quedado dormido revisando los documentos de aquellos asesinatos...
Se levantó de la silla y sintió que se le desenfocaba la vista y se precipitó al suelo.
-¡Joven amo!
Escuchó la exclamacion de Sebastian y el sonido de su cuerpo cortando el aire y rozando el suelo para parar su caída con su propio cuerpo.
Entre los brazos frios de Sebastian, Ciel empezó a temblar.
-¿Porqué siempre haces lo mismo, Sebastian?
-¿A que se refiere amo?
-Cuando caigo, me paras con tu cuerpo, te han cortado, disparado y torturado.
-Soy el mayordomo de la casa Phatomhive ¿Que haría si no pudiera salvar a mi joven amo?
-Eres tan molesto...
-Está usted sangrando señor.
Sintió en su lengua el sabor metálico de la sangre, se había mordido el labio al caer y el guante blanco que cubría la mano de Sebastian tenía manchas de sangre. Estaba rozándole el labio con los dedos.
-No me toques de esa forma, descarado.
-Como ordene.
La oscuridad se deslizó entre ellos mientras se levantaban, Ciel sujetándose al escritorio para no volver a caerse.
-Me voy a mi cuarto, no tengo apetito y estoy cansado.
-Le acompañaré.
-No, lo haré solo. Puedes descansar por hoy, Sebastian.
-Si, mi señor.
La noche se cernió sobre la mansión como un manto de oscuridad espeso y frio, inundandolo todo con el sonido del viento rozando los cristales y el suave sonido de la respiración de Plu bajo la ventada de su joven amo.
En los sueños de Ciel se alzaba un incendio propio del infierno, arrasandolo todo, su casa, sus sueños, su inocencia... su familia y el calor lame su piel, las lágrimas inundan sus ojos y grita con la voz de un niño aterrorizado.
Y se despertó con las sábanas empapadas en sudor, los ojos anegados de las lágrimas... y gritó.
-¡Sebastian!
Antes de que recuperara el aliento su mayordomo atravesaba y cerraba la puerta, colocándose a los pies de la cama, mirándole fijamente.
-¿Que ocurre joven amo?
-Fuego, fuego...
-No hay ningun fuego señor.
-¡Apaga el fuego!
Se abrazaba las rodillas y cerraba los ojos con fuerza, su labio abierto volvia a sangrar.
Cuando se dio cuenta estaba entre los brazos de Sebastian, gritandole y golpeandole con todas sus fuerzas.
-Sálvalos...
-No puedo, están muertos.
-Y yo también ¿Verdad? Por eso estas aqui.
-No, aun no, su tiempo no ha acabado joven amo, yo me encargaré de que eso siga asi.
Deshicieron el abrazo en silencio y Ciel se levantó de la cama con las piernas sudorosas y el pelo revuelto, se acercó a la ventana que nacia en el suelo y llegaba hasta el techo. Le dolió el brillo de las estrellas en los ojos, su rostro estaba cubierto de las sobras danzantes de la noche.
-Sebastian, tengo frio.
-Le traeré una manta.
-No. Acércate.
-Si, mi señor.
-Abrázame, demonio.
-Si, mi señor.
Los helados brazos de Sebastian rodearon el cuerpo fragin de Ciel por los hombros y sintió su oscura presencia en la espalda, la esencia del diablo que le pertenecía, casi sentiá el sello de su ojo brillar.
-¿Tienes hambre?
-No, mi señor.
-¿No deseas mi alma?
-Lo único que deseo es estar junto a usted, joven amo hasta que la ultima pieza caiga, hasta el final.
-Hasta entonces, no te alejes de mi, ni un instante.
-Aunque mi cuerpo sea destrozado, siempre estaré con usted, mi amo.
Quedaron frente a frente, mirándose sin decir nada, envolviendo entre los brazos de uno el cuerpo del otro.
-El final está cerca.
-Y su alma será mia.
-Si, ese es el trato pero, aqui y ahora, tanto tu alma, como tu cuerpo estais bajo mis órdenes.
-Asi es.
-Mi labio está sangrando, límpialo.
Sebastian alzó la mano aún oculta bajo su guante.
-No de esa forma.
Y antes de que pudiera darse cuenta, los labios de Sebastian rozaban los suyos con una sensacion que congelaba y quemaba a la vez todo su cuerpo.
-Su alma me pertenece.
-Tu cuerpo me pertenece.
Cerró los ojos apoyando su cuerpo en el frio cristal de la ventana con los labios de Sebastian a centimetros de su cuello, respirando con lentitud.
-Podría hacerte mio, durante mucho tiempo, Sebastian.
-Pero no puede, su alma esta envenada y el odio es lo único que le queda.
-Y cuando no quede nada, tu me llevarás contigo.
-Al infierno en el que ya vive.
Volvieron a rozar sus labios y a mirarse, en silencio.
-Su piel está fria señor.
-Y tus ojos brillan, estás hambiento, no puedes esperar más.
-No es su alma lo que deseo ahora mismo y me temo que pronto empezaré a mostrarle más de mi mismo de lo que me puedo permitir como su fiel mayordomo.
-Aún no has cumplido mi orden.
Con la suficiente rapidez como para que Ciel se marease, Sebastian cargó su cuerpo y lo depositó sobre las sábanas de nuevo, rozó con sus labios la herida de su amo que despareció al instante.
-Podrías haber hecho esto desde un principio.
-Lo sé.
Sonrió y retrocedió para marcharse.
-Ninguna pesadilla perturbará su sueño joven amo.
Abrió la puerta sin volverse.
-Sebastian, te ordeno que la proxima vez, me dejes caer.
-Yes, my Lord.

lunes, 25 de julio de 2011

Invisible

Estaba sentado sobre una lápida sin nombre, medio destrozada y los ojos cerrados. Deslizaba las puntas de los dedos sobre las cuerdas de su destrozada guitarra y cantaba, le cantaba a la vida que había dejado de tener sentido para él. En su voz se escuchaba la desgarradora agonía y la melancolían de un cuerpo sin alma que espera pacientemente un destino bien merecido.

Me acerqué a él y enredé mis dedos en su pelo que caía por encima de sus hombros. Él no podía verme, no podía sentirme pero si recordarme.

-Estoy aqui. Escúchame, estoy aqui.

Seguía cantando, desgarrando su voz como si un filo invisible rasgase su garganta, dejé caer mis manos sobre sus hombros, le rodeé el cuello y me abandoné sobre él. Tenía que sentirme, tenía que saber que yo estaba allí.

Sentí que algo caliente caía en mis manos, mientras me hundía en su voz...

Mis manos lentamente cubiertas de sangre, que se deslizaba de su boca, de sus ojos y empañaban su belleza.

Se estaba matando, y lo sabía. Y lo hacía para estar conmigo otra vez.

-Estas aqui...

-¿Puedes verme?
-No, pero puedo oirte.
-Deja de hacer esto.
-Vine aqui pensando que jamás te encontraría, que nunca volvería a sentirte. Pero... estás aqui.
-¿Cuánto tiempo llevas aqui?
-No lo recuerdo.
-¿Porqué has venido?
-Porque aqui es donde tengo que estar.

Le abracé mas fuerte y tembló de dolor.

-No me sueltes, mátame ya.

-No.

Pero no podía soltarle.

Le estaba matando, y el volvía a cantar, se estaba rindiendo.

-No dejaré que lo hagas.

-Ya estoy muerto, estoy muerto por dentro.

-Sigues igual de cabezota.

Rió entre dientes y abrió los ojos, miró al cielo.

-Sabía que si cantaba vendrías.

-Tu voz me sacado del infierno.

-Llévame contigo.

Rocé su mejilla ensangrentada con mis labios.


-Sigue cantando. Canta para siempre.
 

Alzó su mano, buscándome pero no pudo encontrar mi piel. Apretó el puño hasta que los nudillos se quedaron blancos.

-Echo de menos tu piel.

-Lo sé.

-Mátame.

-No. Te esperaré.

Deshice el abrazo que le estaba arrancando la vida y gritó, se tapó la cara con las manos y miró en todas direcciones, buscándome.
Ya no sangraba, ya no moría, ya no era mío.

-!No me salves, no me salves¡

-Tú me has salvado.

 Pero ya no podía escucharme.
Cerré los ojos y la oscuridad volvió a arrastrarme



sábado, 23 de julio de 2011

El fin de las noches en las que intenamos morir


Despierta, la oscuridad te está esperando,
que entonces esa dulce melodía
que te convierte en su dueño.
Con tu voz de cristal y la agonía
susurrada en las cuerdas de tu guitarra.
Vuela por encima de todo,
cuando el infierno se alce sobre la tierra
y volvamos a encontrarnos en brazos de la muerte.
Estés donde estés siempre habrá alguien para ti.
aunque los gritos rompan el cielo, y la luna,
con su fría crueldad ponga un mundo entre nosotros.
Siempre habrá alguien esperando a que cantes de nuevo.
Estás hecho de sombras, y no las temes.
no tienes miedo de este mundo, que no te comprende,
un mundo frío y decadente... sin sentido.
Y entre el caos tu seguiras cantando,
y yo seguiré escuchándote,
no importa donde esté.

 -MejorSenseiDelMundo-