jueves, 28 de julio de 2011

Quizás sea el silencio, quizás seas tú

Estaba encandilada con la silenciosa belleza de las tardes de invierno, que lo helaban todo pero no mi emoción, oculta tras capas de indiferencia. Me había enamorado del silencio, la máxima expresión de pureza, de sinceridad, de belleza y de soledad. Me había perdido entre sueños locos y paranoias fantásticas que volaban por el cielo crepuscular. Y lo miraba todo desde mi fría y oscura ventana. Sentía melancolía bajo la piel y sus labios deslizandose sobre mi cuello, otra ilusión cruel. Me regodeé en la tristeza latente dentro de mi, desizándose entre mis dedos, riendo con dulzura acompañada del sonido de un violín tocado solo para mi, en lo más recóndito de mi cabeza.
Abracé mi propio cuerpo cerrando los ojos, el frío me mordía la piel, pero no llegaba más allá. Ardía por dentro, de impaciencia, de dolor, de pura y simple fascinación. Y solo mirando el cielo olvidé mi nombre, olvidé mi piel y cada rincón de mi y me perdí.
Quizás la razón de mi locura  fuera tu piel, quizás el unico silencio que buscaba fuera el segundo entre cada Te quiero y cada beso.

Había vivido para amar la belleza que jamás me pertenecería
y la belleza libre que no puede corromperse, y te había encontrado.
Pero en la silenciosa belleza de las tardes de invierno necesitaba tu aliento.
Bajo mi melancolía sangraban las huellas de tu calor en mi piel.
Y tu voz era el violín que calmaba mi desesperación.
Estaba enamorada de los aspectos más insignificantes de la vida,y de mis sueños, locos, pero míos.
 Y de ti.

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