lunes, 25 de julio de 2011

Invisible

Estaba sentado sobre una lápida sin nombre, medio destrozada y los ojos cerrados. Deslizaba las puntas de los dedos sobre las cuerdas de su destrozada guitarra y cantaba, le cantaba a la vida que había dejado de tener sentido para él. En su voz se escuchaba la desgarradora agonía y la melancolían de un cuerpo sin alma que espera pacientemente un destino bien merecido.

Me acerqué a él y enredé mis dedos en su pelo que caía por encima de sus hombros. Él no podía verme, no podía sentirme pero si recordarme.

-Estoy aqui. Escúchame, estoy aqui.

Seguía cantando, desgarrando su voz como si un filo invisible rasgase su garganta, dejé caer mis manos sobre sus hombros, le rodeé el cuello y me abandoné sobre él. Tenía que sentirme, tenía que saber que yo estaba allí.

Sentí que algo caliente caía en mis manos, mientras me hundía en su voz...

Mis manos lentamente cubiertas de sangre, que se deslizaba de su boca, de sus ojos y empañaban su belleza.

Se estaba matando, y lo sabía. Y lo hacía para estar conmigo otra vez.

-Estas aqui...

-¿Puedes verme?
-No, pero puedo oirte.
-Deja de hacer esto.
-Vine aqui pensando que jamás te encontraría, que nunca volvería a sentirte. Pero... estás aqui.
-¿Cuánto tiempo llevas aqui?
-No lo recuerdo.
-¿Porqué has venido?
-Porque aqui es donde tengo que estar.

Le abracé mas fuerte y tembló de dolor.

-No me sueltes, mátame ya.

-No.

Pero no podía soltarle.

Le estaba matando, y el volvía a cantar, se estaba rindiendo.

-No dejaré que lo hagas.

-Ya estoy muerto, estoy muerto por dentro.

-Sigues igual de cabezota.

Rió entre dientes y abrió los ojos, miró al cielo.

-Sabía que si cantaba vendrías.

-Tu voz me sacado del infierno.

-Llévame contigo.

Rocé su mejilla ensangrentada con mis labios.


-Sigue cantando. Canta para siempre.
 

Alzó su mano, buscándome pero no pudo encontrar mi piel. Apretó el puño hasta que los nudillos se quedaron blancos.

-Echo de menos tu piel.

-Lo sé.

-Mátame.

-No. Te esperaré.

Deshice el abrazo que le estaba arrancando la vida y gritó, se tapó la cara con las manos y miró en todas direcciones, buscándome.
Ya no sangraba, ya no moría, ya no era mío.

-!No me salves, no me salves¡

-Tú me has salvado.

 Pero ya no podía escucharme.
Cerré los ojos y la oscuridad volvió a arrastrarme



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